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SDD Alvaro Paci , La tarde histórica en Talca

Alvaro Paci Periodista y Socio Fundador de SDD.

Han pasado diez días, pero las sensaciones están intactas. Contra todo pronóstico, y contradiciendo a aquellos que me advirtieron sobre toda suerte de malos designios, a las 8 de la mañana de un domingo (horario antinatura para mí) llegaba a la casa de mi amigo Nico Olea -loíno de estirpe- para emprender viaje a Talca, una ciudad con la que hasta ese minuto no tenía más vínculo que los buenos recuerdos de algunos conciertos en épocas pretéritas. Junto a su hermano Simón, iniciamos la ruta con una mezcla de incertidumbre y esperanza. Estaba fresco el amargo recuerdo de la derrota en la final de la liguilla del año anterior. Un resultado estrambótico y sospechoso. Se sumaban otros capítulos ingratos: la final perdida en 2018. El campeonato interrumpido en 2019. El horrendo 2021, cuando casi nos fuimos a tercera. Pero esta vez, había una electricidad en el aire que prometía algo distinto. Por supuesto, ninguno de los tres -y seguramente nadie que ame estos colores- había dormido bien. No sólo esa noche, sino que probablemente la semana completa. No se pasa bien siendo hincha, es como una enfermedad. El resultado de tu equipo (y esto lo saben bien nuestras familias) puede iluminar el día más oscuro o entristecer la tarde más radiante. Hago este paréntesis porque a más de alguien le parecerá que todo esto es una exageración o simplemente una ridiculez. Es válido pensarlo (para quienes no lo han vivido). Así son las pasiones: en el fútbol, en la música, en todo ámbito. El asunto es que con mis compañeros de ruta nos detuvimos en el primer servicentro saliendo de Santiago y grata fue la sorpresa al ver decenas de camisetas naranjas que dominaban el paisaje en el recinto. “Somos locales” pensamos todos. La escena se repitió, casi idéntica más adelante. En la carretera, nos topamos con varias caravanas donde flameaban nuestros emblemas. Faltando una hora y media para el partido llegamos al Estadio Fiscal de Talca, uno de los proyectos bicentenario que sorprende por su modernidad y estética. En este punto quiero destacar la excelente actitud que tuvo hacia nosotros la gran mayoría de los hinchas de Rangers y sus directivos. muchos de ellos, aplaudiendo incluso nuestro ascenso. De corazón, espero que en 2024 vuelvan a Primera. Llegando al Fiscal, debo decir que el nerviosismo dio paso a una extraña tranquilidad, una sensación muy similar a la que viví seis días antes en el infartante triunfo ante San Luis. Ese partido insinuó coincidencias. Gol al minuto 8 de descuento; 8 años en la B; 8 campeonatos nacionales; la 8 de Cornejo. No especulo, pero observo. En el Fiscal, la fila para entrar al estadio -que subía por una curva al costado de la galería- era monopolizada por camisetas naranjas. La sensación de ser locales aumentaba. El tiempo pasó rápido y luego de encontrarme con Angelo Correa Diaz, su hijo Alonso, Mauricio Isaac Schwartzmann, de Los Socios Del Desierto y amigos de años, ya estaba ubicado en el asiento 032 de la tribuna sur del coloso talquino. El pitazo del árbitro marcaba el inicio de una tarde plagada de emociones, nerviosismo y agonía. El desarrollo del partido ya lo conocen: Gol de Gotti a los 32 que generaba el primer estallido de alegría y desahogo, mientras todos seguíamos atentos el desarrollo de la “otra final” en Iquique, que a esa hora tenía más goles y vértigo. Inicio complejo del segundo tiempo, errores en la salida y el sablazo de Altamirano a los 20, que congeló durante interminables minutos nuestras esperanzas. De esos instantes críticos – donde el fantasma de un nuevo fracaso se acrecentaba- recuerdo varias cosas. Muchos rezando a mi lado. Otros iracundos o derechamente tristes. Las respuestas no llegaban, el tiempo se acababa y más de alguna lágrima de frustración se vio en esa tribuna. Desde mi agnosticismo, me aferraba a los que ya no están. 7 minutos de descuento. A los 91, Araya evitó el desastre. A los 93, la desesperación se notaba en la imposibilidad de construir ataques que lograran el desequilibrio. A los 94, recibí la señal que estaba esperando. Respiré profundo. A los 95:50, el tiempo se detuvo. La palomita de Insaurralde desató la locura. La explosión. Las lágrimas. El delirio. El grito contenido durante ocho años. El reencuentro con esa historia grande que había quedado inconclusa. El incomparable sabor de la victoria. Hay instantes que no recuerdo bien. Son más bien imágenes. Tengo en la memoria una emoción larga e incontenible. Abrazos fundidos en llanto con amigos y desconocidos. Gritos al cielo, desgarrados, agradecidos. La imposibilidad de hablar. Me llamó mi familia y apenas me pude expresar. Siendo de otros equipos, estaban casi más conmovidos que yo. Y es que esta locura se contagia. Todos nos acordamos de Cantatore, Sulantay, Garisto, del gran Chueco Hermosilla, de quien fui amigo en sus últimos años, de Fernando Cornejo, de Claudio Tello, del “Memo” Emerson Jiménez, que en una visita a Calama consiguió una inesperada y maravillosa visita al Estadio Zorros del Desierto. Una emoción difícil de describir, mientras Cobreloa daba la vuelta y volvía por fin a Primera de manera épica, dramática, a lo grande, porque eso es este club desde sus inicios. Cuando descendimos de manera infame, jamás pensé que iba a celebrar de esta manera un ascenso que daba por descontado al año siguiente y que me parecía “lo mínimo” en ese momento. Estos interminables ocho años han sido también -y deberían servir- como un baño de humildad para una hinchada que se acostumbró al éxito inmediato y permanente. Y ya lo sabemos, nada es para siempre. Bajé a la cancha, celebré con los jugadores, con mi amigo Carlos Dolezal Lorca, médico del equipo y además compañero de ruta en la música. Había pasado una hora, había que volver a Santiago. No me quería ir. Un pedazo de mi alma se quedó para siempre en ese estadio. Un juramento al partir. No nos puede pasar de nuevo. De nosotros depende.

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